Una vida despatriarcalizando

Entrevista a Eva Giberti, por Roxana Barone, Revista Haroldo.
«El patriarcado es muy poderoso, pero estamos en vías de hacerlo tambalear», dice Eva Giberti, una de las pioneras en la divulgación de los temas de géneros en Argentina. En los años 60 se animó a desafiar el autoritarismo y desde entonces no paró en su comprometida tarea de mostrar con sólidos argumentos la inequidad entre varones y mujeres.

A los 88 años ha visto casi todo. Menos un paro internacional de mujeres de 50 países. Sin embargo, no le produce asombro ni desconcierto. Tiene una gran expectativa. Para Eva Giberti, este acontecimiento “es la celebración de algo que se ha alcanzado con una gran preparación y que seguramente genera malestar. Cuando se está en una etapa revolucionaria no se puede menos que generar malestar. Pero no le tememos. Entiendo que para muchos puede ser un hecho desconocido, por eso está puesto bajo sospecha, porque viene de las mujeres que se rebelan contra este patriarcado feroz que regula toda América Latina y el mundo entero”.
Maestra de generaciones de mujeres, trabajadora social, psicóloga, psicoanalista, pionera en la divulgación de los temas de género, Giberti cree que el paro –aún simbólico- “es revolucionario porque cambia el orden establecido. Se espera que estemos calladas y sumisas bancando la que venga, las injusticias, asumiendo las violencias, los femicidios. Y nosotras rompemos con ese ordenamiento, porque en realidad debe ser con  los derechos humanos de las mujeres a la cabeza”.
«El patriarcado es muy poderoso, pero estamos en vías de hacerlo tambalear. Hay que tener conciencia de quién es el enemigo y para eso aun falta cambiar las cabezas de muchos profesionales –médicos, psicólogos abogados, jueces, periodistas-. En realidad, el enemigo viene esde el mismo momento en que para parir pedimos ayuda a un médico para que nos saque al chico. Y allí, donde deberíamos ser las señoras reinas, nos someten a sus órdenes”.
“¿Cómo sería un mundo sin mujeres? Esta es la pregunta que subyace a este 8 de marzo. Porque no somos solo un 52 por ciento de la población sino que somos un 52 por ciento muy activo, muy inteligente en las estrategias que utilizamos para sobrevivir, para que la gente sepa lo que hacemos”, dice esta mujer que sabe de supervivencias, con un hijo preso durante la dictadura y un Falcon verde en la puerta de su casa que controló cada uno de sus movimientos.
Empezó en el año 1956 y desde allí no paró nunca en su tarea de defensa de los Derechos Humanos. Es que Giberti dice que llegó al feminismo cansada del autoritarismo, lo que la llevó a escribir “Escuela para Padres”, un clásico que sigue abriendo cabezas. De ahí a comprender cómo funciona el patriarcado, hubo un solo paso. Ahora, “contenta por lo que estamos viviendo”, dice que “el mundo tiembla bajo nuestros pies, no porque se vaya a venir abajo, sino porque hacemos mucho ruido. El patriarcado es muy poderoso, pero estamos en vías de hacerlo tambalear. Hay que tener conciencia de quién es el enemigo y para eso aun falta cambiar las cabezas de muchos profesionales –médicos, psicólogos abogados, jueces, periodistas-. En realidad, el enemigo viene desde el mismo momento en que para parir pedimos ayuda a un médico para que nos saque al chico. Y allí, donde deberíamos ser las señoras reinas, nos someten a sus órdenes. El parto vertical es la manera más natural de romper con esa sumisión: así nació Vita, mi hija».
Le gusta citar a mujeres que hicieron historia. Empieza por Lisístrata, que se animó a una huelga sexual. “En la obra de Aristófanes, fue la primera que se juntó con otras mujeres para decir no vamos a tener sexo con los varones hasta que no terminen la guerra. No tenían otras herramientas y usaron la cama como recurso”. Otra de las mujeres que la inspiran es Mariquita Sánchez de Thompson, el símbolo de la “resistencia parental”.
“No se enseña en las escuelas, pero Marquita tenía 14 años cuando se rebeló porque su padre no la dejaba casar con el hombre que ella había elegido y le escribió una carta al virrey”, cuenta Giberti y recita: “Excelentísimo Señor… así me es preciso defender mis derechos, para dar mi última resolución, o siendo ésta la de casarme con mi primo, porque mi amor, mi salvación y mi reputación así lo desean y exigen. Nuestra causa es demasiado justa, según comprendo, para que Vuestra Excelencia nos dispense justicia, protección y favor”.
La lista de rupturistas, como las llama, incluye a Eva Perón, a Alicia Moreau de Justo, que fue su inspiración cuando era muy joven y escuchaba las conferencias en la sede del Partido Socialista, y cientos de otras muchas que son las que recorren la historia de nuestro país. Ella misma está en ese ranking, aunque, claro, no se incluye.
“Tenemos una larga tradición en Argentina y en el mundo. De hecho, no es nuevo que las mujeres hagan paro, es enorme la lucha de las mujeres huelguistas. La gran diferencia es que este paro involucra a 50 países. Los movimientos de mujeres siempre existieron pero no tenían la difusión que hoy tienen a través de los medios y las redes sociales, un soporte para que varones y mujeres puedan ir escuchando estas voces. Y eso es lo que permitió el colectivo Ni una Menos: sumar mujeres que no eran militantes, pero que se unieron para decir somos las que nos dimos cuenta y aquí estamos”.
Se percibe una avanzada implacable para descalificar al feminismo de este siglo XXI, Giberti interpreta que no se tolera “porque fémina es mujer y entonces es como decir mujerismo. La resistencia al feminismo es una resistencia que instala el patriarcado, que tiene una fuerza simbólica enorme, y  la carga de prejuicios: las feministas queremos matar a los varones, no queremos tener sexo, queremos ser lesbianas, queremos un mundo comandado por mujeres. En realidad lo que molesta son nuestras razones, nuestros sólidos argumentos, porque la lucha que estamos dando es ante la evidente desigualdad de los géneros. Esa es nuestra bandera”.
Por eso, razona, el patriarcado está “furioso, soliviantado, molesto” y denuncia que está vivito y coleando, “bien puro”, en la justicia. “Se lo ve muy bien en el trabajo que vengo desarrollando en el programa de abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes. Para la justicia, los chicos mienten, cuando en realidad lo que hay que decir es que el 80 por ciento de los violadores son los padres y padrastros. Esto es una estadística real que sale de nuestro trabajo en el Ministerio de Justicia. ¿Y por qué se resisten a sancionar a un abusador? Porque es un hombre como ellos. Entonces, invocan a la familia. Porque, además, es un patriarcado familiero, que no ve que la familia ya está destruida».
Compromiso y militancia 
Giberti se refiere al programa “Las víctimas contra la violencia”, con atención telefónica en el número 137 y un equipo de cien personas, que tratan desde hace diez años casos de violencia intrafamiliar en el momento de la urgencia y la emergencia. Y también está a cargo del equipo de “Violencia Sexual”, que es el que se encarga de acompañar a la víctima desde la comisaría, donde radicó la denuncia, al hospital. “La policía no la puede interrogar –recuerda Giberti-. Por eso nuestro trabajo es estar junto a la víctima hasta que terminen todos los procesos de revisión y así evitar que tenga más de un interrogatorio. El médico de guardia y el médico legista la entrevistan al mismo momento, con nuestra presencia. Y eso fue un logro que conseguimos con la jueza Carmen Argibay”. A esa tarea sumó el programa de “Hablemos de Abuso sexual infantil”, un equipo que comenzó a funcionar el 19 de noviembre pasado, con la línea telefónica 0-800-222-1717.
Un poco por este compromiso a tiempo completo y mucho por su trabajo académico a lo largo de 60 años, en 2016 fue reconocida con el Konex de Platino en la categoría “Estudios de Género”. “Fue una sorpresa absoluta y pensé que acaso no era yo sola la que lo merecía, porque hubo mucha gente que trabajó conmigo. La única verdad de esto es que yo soy una de las más viejas, pero también es cierto que soy muy combativa y que tengo una gran facilidad para escribir, lo que me permitió acceder a los medios y difundir toda esta temática. Pero, además, que un jurado incorporara nuestra disciplina al lado de otras ciencias fue y es de una enorme importancia”.
Autora de “Abuso sexual contra niñas, niños y adolescentes”, “Incesto paterno/filial”, “La familia a pesar de todo”, entre otros títulos y cientos de artículos periodísticos y ensayos, Giberti dice que hay argentinas que son insoslayables a la hora de leer: “Mabel Burin, Irene Meler, Diana Maffía, María Luisa Femenías, por nombrar algunas teóricas feministas que tienen una producción muy importante y hay que estudiar con atención. Desde un lugar más militante, Marta Dillon”.
No recuerda el momento en que se reconoció feminista, aunque en su ya emblemática obra “Escuela para padres”, hay artículos que hablan de esta corriente ideológica. “En realidad para mí esto tiene otro ADN que es mi resistencia al autoritarismo. Ese libro fue una lucha contra el paternalismo y el patriarcado, pero aún no le había puesto el rótulo de feminismo. Además, en esa época, estaba en la práctica plena del psicoanálisis, que es netamente patriarcal; así que estuve entre las primeras revisionistas en cuanto a las relaciones de género. Éramos -y somos- mujeres formadas en el psicoanálisis pero que no podíamos digerir una cantidad de trabajos de Freud; entonces había que pasarlo por un cedazo, hacer una investigación sobre eso y decir hasta aquí lo seguimos, pero esto no. Masoquismo femenino, no. La conciencia moral de la mujer es inferior a la del varón, tampoco. Entonces lo que hicimos fue tomar a teoría y darla vuelta”.
 
Rebelde con muchas causas, Giberti no deja de pensar. Regularmente escribe en el diario Página 12, cosas como éstas:
La comunidad está satisfecha. Con la conciencia tranquila. Se encontró la frase que encubre la violencia contra las mujeres protagonizada por varones: violencia de género. No se sabe a cuál género se refiere. De ese modo queda en la penumbra la violencia patriarcal, la violencia machista, los ataques asesinos, las torturas, las impunidades, las complicidades, mientras las víctimas exhiben sus historias en los medios de comunicación.
O esta otra:
¿Cuáles serían las relaciones entre el contagio y el homicidio de mujeres? Los varones violentos ¿se contagian entre sí diseñando un circuito de sujetos contagiosos que se recortarían en el universo masculino para copiarse entre ellos y decidirse por el homicidio de mujeres? Porque si hablamos de contagio, identificaciones, imitaciones y copias tendremos que enlazar a unos con otros y suponer que el homicida Juan se identificó con los homicidas Pedro y Javier (uno u otro según lo que hubiese leído en el diario o mirado en tevé). O quizá sólo le alcanzó con informarse de otros homicidios para ser arrastrado por el mecanismo identificatorio que actuaría más allá de su voluntad; sería una conducta no del todo consciente, y podría ser inconsciente. Por otra parte, si se “contagiaran” de conductas homicidas, el contagio no sería voluntario.

“No claro que no es contagioso –refuerza a la Haroldo-. Yo prefiero hablar de inspiración. Hay alguien que les muestra algo que para su imaginario es muy rico, muy poderoso. Qué fácil agarro alcohol y le tiro un fósforo. No arriesga nada. Ese ejemplo de Wanda Taddei (asesinada por su esposo, Eduardo Vázquez en 2010) les muestra a otros hombres lo que se puede hacer. Si no lo tenía pensado, píenselo”. Y entonces aparece la pregunta repetida miles de veces: ¿Mostramos los femicidios? “Sí. Hay que contarlo, pero hay que hacerlo bien, con la ética que corresponde. No hay otra alternativa que contarlo. Yo misma me encargo de informarlos en mi Facebook, que parece una agencia de noticias policiales, pero es el modo que tenemos de decir que no queremos que nos sigan matando. Un mero grito. Pero ¿y? Para conseguir que otra gente que no está tan compenetrada se compenetre. Y eso sí es poderoso. Porque es lograr el acercamiento con la mujeres y los hombres”.
Para que quede claro, Giberti dice que los hombres que matan no son psicopátas. “Alguno habrá, pero el deseo de matar de un hombre está fogoneado por la cultura. No es por odio. No es un instinto natural: responde a un proceso cultural patriarcal, de no tolerar que su mujer no sea su servidora. No puede verla como otro, como un par, se le torna intolerable y tiene que terminar con ella. Esto puede sonar paradojal, pero es una forma del poder simbólico que tiene la mujer. Es una víctima, pero es una víctima que el victimario necesita. Es esa necesidad lo que a él se le torna insoportable. Este es un aspecto que no está muy trabajado, yo incluso debería trabajarlo más. Pero la idea es que el hombre se tiene que apropiar de ella hasta el último sangrado. El último sangrado es mio”.

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