Mesa redonda Mujer y moral: enfoques actuales

Universidad de Buenos Aires – II Jornadas Nacionales de Etica – Agosto de 1987

Dentro del ámbito de la moral es posible plantear varios niveles de análisis, tres de ellos podrían ser: el de los paradigmas, el de las creencias y el de los valores.

Heredamos -y aún se promueve- el paradigma que afirma la inferioridad de la mujer (me refiero a género mujer), así como hace siglos se promovió la teoría de la mujer como “aquello que no tenía alma”.

Esta afirmación, complementada con la tesis de la “mujer histérica, frívola o madre abnegada”, sólo se mantiene si cuenta, como base, con una creencia fuerte que la sostenga y que precisa insistir en la inferioridad femenina. Actualmente el paradigma entró en crisis debido al resquebrajamiento de esta creencia, fisurada por la evidencia que aportan las capacidades del género mujer, ahora desarrolladas en distintas áreas.

Sin embargo, las creencias no se modifican total y velozmente, de allí que, a pesar de las nuevas actividades desarrolladas por las mujeres, el imaginario social (poblado por creencias, mitos prejuicios y tabúes) insista en que la maternidad es la realización máxima de la mujer.

Afirmación a la que se añade que es así por tratarse de un hecho natural; la llamada ciencia sería la encargada de demostrar, apoyándose en la naturaleza, que la tarea privilegiada de la mujer -o exclusiva- es la maternidad, dada la existencia de útero, lo cual también incluirá su capacidad de sacrificio, abnegación, bondad y sus derivados, la servidumbre al marido y a la limpieza del hogar.

En este ejemplo se advierte cómo una creencia popular: mujer igual madre, deriva en mujer servidora del varón y al mismo tiempo impregna varios modelos pretendidamente científicos. De modo que, a través de los científicos, las teorías reproducen creencias populares; quienes así proceden no se ocupan de analizar la categoría mujer desde variables pertinentes.

Históricamente, las mujeres no fuimos consideradas personas sino el negativo del varón: El sería un “alguien” mientras nosotras apenas seríamos un “algo”. Debido a los avances de las distintas formas de racionalidad , el discurso unívoco que permitió que el mundo se dividiera en “alguien(es)” y “algo(s)” se fracturó, quebrándose ese modelo original acerca del hombre y de la mujer. Ese “algo” (la mujer) deja de ser unívocamente colocado en el lugar el objeto para ser trasladada al lugar del sujeto; pero recordemos que el discurso del sujeto fue siempre un discurso masculino.

Distintas razones (históricas, económicas, psicológicas) facilitaron la subordinación de la mujer a este modelo masculino y cuando se comenzó a producir este pasaje y la transformación del “algo” en “alguien” se evidenció una PARADOJA. Porque el género mujer, al ingresar en el género humano que, paradigmáticamente, se veía como unívocamente masculino, planteó el conflicto, el nuevo discurso; porque antes el hombre era dios y nosotras éramos “algo” (como objeto); pero al ingresar en el mundo como “alguien(es)” se produjo el desorden respecto del modelo convencional.

Se generó una combinatoria de paradojas y creencias: por un lado una creencia en ruinas, la que se refiere a nuestra inferioridad (dicho de modo reduccionista y desestimando los fenómenos socio, geopolíticos y culturales) y, por otro lado, una creencia que no logra imponerse (lo que Kuhn llamaría una anomalía). El paradigma acerca de nuestra inferioridad hace agua, no se soporta ya la teoría que justifique nuestra servidumbre a varón: la teoría ya no puede dar cuenta de la creencia ; ya no hay teoría que se sostenga como tal si insiste en nuestra exclusión de la vida civil y política o en nuestra inferioridad o en la dedicación exclusiva a la maternidad.

Desembocamos entonces en el límite de la PARADOJA : somos alguien respecto de “alguien” que sólo nos aceptaba como “algos”. Esta es una vertiente de la paradoja; otra sería la referente al tiempo y dificultades que nos lleva a asumir que somos esas “alguien(es)”, moviéndonos entre modelos tradicionales, dogmáticos y una nueva legalidad, transgresora de aquella legalidad estricta, representada por las teorías esencialistas, biologistas, etc.

Esta segunda parte de la paradoja, que reclama mucho más tiempo y espacio para su desarrollo, cuenta con una dimensión particular: durante siglos se nos enseñó que “las cosas son así” y que, por ello, debemos comportarnos -moralmente- de tal o cual modo. Pues bien: nosotras hemos incorporado la función lógica del “y”, contrapuesta al “que”. Preguntamos: “¿y por qué somos inferiores?…” La función del “y” intercepta, perturba la afirmación unívoca del “que”. Ese “que”, el cual afirma: “Esto es así” corresponde a un sistema teórico cerrado, completo. Nosotras preguntamos “¿y por qué?…”

Entonces se nos responde : “porque es así”, y nosotras : “a mí no me convence; ¿y si fuera de otro modo?” Entonces la afirmación “es así”, empieza a tambalear cuando interrogamos: “¿y qué quisiste decir con eso de la inferioridad de la mujer?…” No nos interesa fundamentalmente lo que nos respondan sino la inclusión de nuestra duda y nuestro escepticismo. Es la caída del que, la caída adánica del Paraíso cuando Eva, ante la invitación de la serpiente, que le ofrecía el fruto prohibido, se preguntó: “-¿y por qué no me la voy a comer?…” Desde entonces, El Mal era y sigue siendo deseo vinculado al “y” cuestionador.

Mi planteo no es planteo inverso al del varón sino que intento ocupar el lugar de ese “alguien”, lo cual implica cambio de creencias, de valores, de moral. De este modo, no solamente nos desujetamos del proceso de enajenación sino que al mostrarle al varón que, por habernos convertido en “algo” siendo nosotras también un “alguien”, ellos mismos se enajenaron; de forma tal que quien nos convertía en “algo”, creyéndose él solo un “alguien” terminaba convirtiéndose en algo de otro “algo”.

Yo no querría mantenerlo formulado en estos términos tan fascinantes del lenguaje filosófico y psicológico. Porque esa distinción entre hombres y mujeres tuvo -y tiene- como resultados políticas de esclavitud, explotación, subordinación y discriminación del género mujer que actualmente padecemos, a pesar de los avances que diariamente comprobamos y compartimos con el género masculino.

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